Me confieso pesimista. No, no una optimista bien informada, pesimista en todo el sentido semántico de la palabra. Digamos que cuando llueve yo siempre pienso que puede nevar, y cuando nieva, soy tan previsora que llevo ropa extra al trabajo por si me tengo que quedar a dormir en un hotel de la zona. He de decir que trabajo a 40 minutos de mi casa, bastante tiempo para lo habitual en mi entorno.

Mi natural pesimismo se ve agrandado, "corregido y aumentado" en épocas laborales de estrés, en la que me da por comer (esto sin duda, incrementa el problema del pesimismo cuando eres chica) y por estar todo el día cabizbaja. Por otro lado, también soy hipocondiraca, no de las que van al médico habitualmente y creen que tienen todo tipo de enfermedades, sino de las que creen que tiene toda enfermedad posible que escuchan por ahí. (Las que más me gusta pensar que tengo son las raras, las que tiene muy poca gente en el mundo). Sí, soy un poco masoquista, lo reconozco.

Creo que a los 30 todavía hay cosas que se pueden corregir, como la miopía o el astigmatismo. Pero vamos, que el que nace pesimista... Y no será por no intentarlo, porque después de diversas andanzas tristes que me ha tocado vivir en esta vida, me he prometido en diversas ocasiones que iba a disfrutar de cada momento como si fuera el último, pero esta promesa acaba durando poco más de dos días. Ya se sabe, el hombre y la mujer tropiezan siempre 2 veces en la misma piedra. (y hasta infinitas, diría yo).

Eso sí, consciente de mi natural pesimismo, encotré para compartir mi vida a un optimista convencido, al que a veces siendo que "amargo la vida". Y eso que este de quien hablo es un optimista en términos superlativos. No conozco a nadie más optimista.

Con el comienzo de la escritura de este blog, no pretendo otra cosa que tratar de hacer habitualmente un ejercicio de análisis y constatación de la realidad. Sinceramente, creo que este blog puede ayudarme con mi problema. A los que lo lean, espero no volverles locos con mis locuras. Disculpad si lo hago.